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MERECE LA PENA

 DUELE, PERO…

¿Renunciarías a tus hijos si fueses atrás en el tiempo por evitar los dolores del parto?... Pues así es como explica el Señor cómo es la experiencia del ser humano que vive para Dios y afronta los padecimientos.


"De cierto, de cierto os digo, que vosotros lloraréis y lamentaréis, y el mundo se alegrará; pero aunque vosotros estéis tristes, vuestra tristeza se convertirá en gozo.

La mujer cuando da a luz, tiene dolor, porque ha llegado su hora; pero después que ha dado a luz un niño, ya no se acuerda de la angustia, por el gozo de que haya nacido un hombre en el mundo.

También vosotros ahora tenéis tristeza; pero os volveré a ver, y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo." (Juan 16:20-22)


Esto lo dijo Jesús a sus discípulos poco antes de ser entregado a la muerte cruenta en la cruz. El Señor les da palabras de esperanza y consuelo; les hace entender que la situación trágica va a ser inevitable, porque es crucialmente necesaria, pero las consecuencias de ello serán de tal envergadura maravillosa que todo sufrimiento quedará como borrado de la memoria.


Hay un error fatal en nuestra forma de vivir nuestra existencia, y es el tener este mundo y esta vida como destino último y final. Y es que, es más bien el comienzo y punto de partida.


Es por ello que todo enfoque de nuestras experiencias y toda interpretación de las mismas están afectadas por esa situación y pueden ser distorsionadas si no hemos entendido y creído cuál es realmente la realidad de nuestra existencia. No hemos aparecido aquí de la nada para desaparecer a la nada.


Nuestra vida, nuestro ser, estaba en los propósitos de Dios, Él nos crea; "mías son todas las almas" dice Dios. (Ezequiel 18:4).


De modo que aunque no existíamos antes de nacer, lo cierto es que no dejarnos de existir después de morir.


En este sentido hay que tener como algo sumamente importante en nuestra vida aclarar nuestra situación, y nuestras cuentas, con nuestro Creador.


Nuestra procedencia no estuvo en nuestras manos, pero nuestro destino si lo está: justo a un paso de Fe.


Ese (la fe) es el paso imprescindible y necesario para ser de Dios y estar en Dios, y Él será nuestro destino final y perpetuo. De lo contrario, el destino final será estar eternamente sin Dios, fuera de Él, con toda la terrible y triste consecuencia que ello supone.


Para unos y para otros, el primer "tramo" supone una experiencia común, sometidos a las mismas circunstancias y padecimientos: dificultades, enfermedades, adversidades, penurias, etc... Sin embargo, para los que están en Cristo, todo eso (que no es poco ni menospreciable) es comparado en las Escrituras con una situación de pródromos que desembocan a un trabajo de parto, concluyendo con el nacimiento de un nuevo ser humano.


Es doloroso y el dolor con su sufrimiento son inevitables, pero el "fin" de ellos no es sino el "principio" de la mejor de las vivencias de la mujer que lo ha padecido: comenzar a disfrutar de lo que más ama, su bebé... Ante ese "resultado final" que durará toda una vida, las horas de dilatación y el parto quedarán en algo casi inexistente, olvidado.


Es tanto el gozo y la dicha que produce el resultado del parto, que los terribles dolores del parto, lejos de invalidar a la mujer en un trauma sin remedio, quedan relegados al olvido o mera "anécdota"... Insisto: no porque no fuese doloroso (que es de lo más) sino por la comparativa.


De 0 a 100, ¿cuánto supone el grado de sufrimiento del parto?...100

De 0 a 100 ¿cuanto supone el grado de disfrute de una madre con su hijo?... ¿1.000.000?... No sabríamos poner cantidad ni siquiera...


El apóstol Pablo escribe a los creyentes en Roma acerca de la realidad de vivir en este mundo padeciendo todas las adversidades que se puedan presentar por causa de su fe.


Os he adjuntado un texto final, pero justo antes de ese texto el apóstol escribe que los que son de Cristo se identifican con ÉL tanto en sus sufrimientos y muerte como en su resurrección y gloria.



 Por tanto, hay un potente motivo para perseverar en el camino de la fe a pesar de las dificultades. Y es que eso quedará relegado al olvido cuando el creyente culmine su tránsito por este mundo y comience a gozar su destino final: VIVIR CON CRISTO ETERNAMENTE EN SU GLORIOSO REINO.


“Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse.” (Romanos 8:18).


MERECE LA PENA.


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